La cirugía mínimamente invasiva —en el ámbito de Nodus IR, especialmente ligada a la radiología intervencionista— agrupa procedimientos que permiten tratar enfermedades con incisiones pequeñas o punciones, guiados por imagen (ecografía, TAC, resonancia o angiografía). El objetivo es actuar con precisión sobre la zona a tratar, reduciendo la agresión de una cirugía abierta cuando existe una alternativa segura y bien indicada. No todos los pacientes son candidatos y la elección siempre depende del diagnóstico, la anatomía y los objetivos del tratamiento.
La cirugía mínimamente invasiva (CMI) es un conjunto de técnicas quirúrgicas que realizan operaciones a través de pequeñas incisiones (o incluso sin ellas, por orificios naturales) usando instrumentos delgados, una cámara (endoscopio) y tecnologías avanzadas, resultando en menos dolor, recuperación más rápida, menor riesgo de infección y cicatrices más pequeñas en comparación con la cirugía abierta tradicional, y se usa en urología, cirugía general, cardíaca, de columna y más.
Se usa para tratar patologías en las que la imagen permite llegar al punto exacto con mínima agresión. Algunos objetivos típicos:
No sustituye a todas las cirugías, pero ofrece alternativas cuando aporta valor real.
Cuando está bien indicada, puede aportar:
También tiene límites: depende de la anatomía, del tipo de lesión y del objetivo terapéutico. Por eso la valoración individual es esencial.
Son procedimientos que tratan una patología con punciones o incisiones pequeñas, guiados por imagen. Se diferencian de la cirugía convencional en que suelen evitar una apertura amplia y se apoyan en la imagen para actuar con precisión.
A menudo se realizan con anestesia local y/o sedación, y pueden requerir ingreso corto o ser ambulatorios. La recuperación suele ser más rápida, pero no todos los casos son candidatos y existen riesgos que se explican antes de decidir.
Se tratan patologías vasculares, tumores/metástasis seleccionados, miomas, HBP, dolor musculoesquelético, nódulos tiroideos, entre otras. La técnica se decide según diagnóstico, anatomía, objetivos (curación, control, síntomas) y balance riesgo/beneficio.
Suele incluir valoración clínica, revisión de pruebas de imagen, planificación del procedimiento, realización guiada por imagen y seguimiento posterior con controles clínicos y, cuando procede, nuevas imágenes. El plan se adapta a cada paciente y se explica con claridad antes de empezar.