La ablación por radiofrecuencia es un procedimiento mínimamente invasivo que destruye tejido objetivo mediante calor controlado, guiado por imagen (ecografía, TAC o, en casos concretos, otras técnicas). Se utiliza en lesiones seleccionadas —como determinados tumores o nódulos— cuando se busca un tratamiento local preciso evitando, en algunos casos, una cirugía abierta. La indicación depende del tipo de lesión, su tamaño, su localización y el objetivo del tratamiento.
Es una técnica de ablación percutánea en la que se introduce una aguja/electrodo hasta la lesión y se aplica energía de radiofrecuencia para generar calor y destruir el tejido. Se realiza con control por imagen para asegurar precisión y seguridad.
Se utiliza para tratar lesiones localizadas en escenarios seleccionados, por ejemplo:
No es una técnica “universal”: se elige cuando el balance riesgo/beneficio es favorable y el objetivo es tratable con un abordaje local.
Preparación previa
Suele incluir:
Cómo se realiza el procedimiento
Duración del procedimiento
Varía según el órgano, el tamaño de la lesión y si hay que tratar una o varias. Además, puede haber tiempo adicional de preparación y recuperación postanestesia.
Dependen del órgano tratado y de la localización. Pueden incluir dolor, sangrado, infección o daño de estructuras cercanas. En pulmón, por ejemplo, puede aparecer neumotórax (según caso). Estos riesgos se explican antes de decidir y se minimizan con planificación y técnica adecuada.
Suele requerir observación unas horas o ingreso corto, dependiendo del órgano y de la anestesia. Se dan pautas de cuidados y signos de alarma.
La respuesta se evalúa con pruebas de imagen de control (TAC/RM) en un plazo definido. En muchos casos, el objetivo es control local de una lesión concreta; el resultado depende de tamaño, localización y biología tumoral si es oncológico.
El equipo intervencionista interpreta las pruebas de control y coordina con el especialista correspondiente (oncología, cirugía, digestivo, etc.). Se entrega informe con resultados y plan de seguimiento.
Consiste en introducir un electrodo por punción y aplicar calor para destruir una lesión localizada. Puede tratar tumores o nódulos seleccionados según tamaño y localización, y en contextos benignos específicos.
La ablación percutánea se realiza por punción y suele implicar menor agresión y recuperación más rápida. La cirugía permite resección directa y puede ser preferible en ciertos escenarios. La elección depende de la lesión, del paciente y del objetivo terapéutico.
Se guía con ecografía o TAC para colocar el electrodo en el punto exacto. La duración varía según lesión y órgano, y se estima de forma orientativa en consulta.
Puede haber dolor, hematoma, fiebre leve o fatiga. Riesgos específicos dependen del órgano (por ejemplo, neumotórax en pulmón). Se recomiendan reposo relativo, control del dolor y seguir instrucciones de seguimiento e imagen.