La embolización es un procedimiento mínimamente invasivo de radiología vascular e intervencionista que permite tratar distintas enfermedades actuando “desde dentro” de los vasos sanguíneos, guiado por imagen (angiografía). En lugar de una cirugía abierta, se accede a través de una punción y se navega con catéteres hasta el vaso responsable, para ocluirlo de forma selectiva o reducir su flujo, según el objetivo clínico. La indicación se decide siempre tras una valoración individualizada y un estudio por imagen adecuado.
La embolización es una técnica endovascular en la que se introducen materiales específicos (por ejemplo, partículas, espirales “coils”, tapones vasculares o agentes líquidos, según el caso) para cerrar o disminuir el flujo de un vaso sanguíneo de forma controlada.
No es una técnica única: existen distintos tipos de embolización según la patología (benigna, vascular, oncológica) y el objetivo (control de sangrado, reducción de un tumor, tratar varices internas, etc.).
La embolización se utiliza en escenarios muy diversos, por ejemplo:
El punto clave es que el procedimiento se indica cuando aporta un balance riesgo/beneficio favorable frente a alternativas.
La embolización se basa en un principio sencillo: si se reduce o se ocluye el riego de una zona (por ejemplo, un tumor o una lesión vascular), se puede controlar el problema de forma dirigida.
Preparación previa
Antes del procedimiento, suele incluirse:
Cómo se realiza el procedimiento
De forma general:
Duración del procedimiento
La duración es variable. Depende de la complejidad anatómica, del tipo de embolización y de cuántos vasos sea necesario tratar. Se explica de forma orientativa en la consulta.
Entre los beneficios potenciales cuando está bien indicada:
Como cualquier procedimiento médico, tiene riesgos. Los más habituales suelen ser leves o transitorios (hematoma en la punción, dolor, fiebre o inflamación local, según tipo de embolización). Otros riesgos menos frecuentes dependen del órgano tratado y de la anatomía vascular (por ejemplo, embolización no deseada de vasos vecinos, infección, complicaciones del contraste o trombosis). Estos riesgos se explican siempre antes de decidir.
Tras la embolización puede requerirse observación unas horas o ingreso corto, según el procedimiento. Es habitual recomendar:
Los resultados dependen de la patología: en hemorragias puede ser un control rápido; en miomas o próstata la mejoría suele ser progresiva; en oncología el objetivo puede ser control local o reducción de carga tumoral. En consulta se explica qué es razonable esperar en cada caso.
No todos los pacientes son candidatos: la anatomía vascular, el tipo de lesión, la extensión de la enfermedad y el estado general influyen. A veces se requieren varias sesiones o tratamientos combinados.
Los resultados se interpretan por el equipo de radiología intervencionista junto con los especialistas implicados (ginecología, urología, oncología, etc.). Se entregan mediante informe clínico y, cuando procede, con pruebas de imagen de seguimiento y recomendaciones claras.
Es un procedimiento endovascular que ocluye o reduce el flujo de un vaso de forma selectiva. Se recomienda cuando permite tratar la causa con precisión (sangrados, patología benigna o tumoral seleccionada) evitando cirugía abierta, si el caso es adecuado.
Consiste en acceder por vía endovascular a las venas responsables del varicocele y ocluirlas con materiales específicos. Puede ofrecer un abordaje mínimamente invasivo, con punción en lugar de incisión. La elección frente a cirugía depende de anatomía, síntomas y valoración individual.
Se realiza con punción (ingle o muñeca), catéteres guiados por angiografía y materiales como partículas, coils u otros agentes según la indicación. La duración varía según complejidad y se estima en consulta.
Lo más habitual es dolor o inflamación transitoria, y hematoma en el punto de punción. La recuperación suele ser rápida, con observación y reposo relativo, aunque depende del tipo de embolización y del órgano tratado.